Sobre la "sinceridad" y los "apellidos" de la poesía

Sergio Mansilla Torres

Resumen


Toda mala poesía es sincera, escribió, con su reverencial ironía y lucidez, Oscar Wilde, quien, a juicio de Harold Bloom, tenía razón en todo. Si, al igual que Bloom, le diéramos la razón a Wilde, determinar cuánta “sinceridad” destila una escritura poética concreta sería el camino para juzgar el espesor estético de ésta. Semejante tarea no es nada sencilla sin embargo, ni estoy del todo seguro de su viabilidad y pertinencia. Dicho esto, quisiera de todos modos, así no sea como un ejercicio de mero desgaste mental, esculcar en la idea de “sinceridad” que Wilde asocia, pareciera, con una poesía “débil”, productora de ciertos entusiasmos emotivos e ideológicos de no mucha duración bien sintonizados sí con circunstancias extratextuales que estimulan precisamente estos entusiasmos. Se me ocurre que una poesía sería más “sincera” cuanto más hace evidente su dependencia de propósitos convincentemente delineados quizás, pero demasiado pragmáticos, demasiado razonados, demasiado “correctos” en lo político y en lo moral y acaso excesivamente esperanzadores, propósitos que en todo caso no provienen de la literatura misma; hablo, claro está, de “valores” construidos y sustentados en la exterioridad de la poesía.


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