HERNÁN KÓNIG Y “SUS SANTAS MARÍAS”

Hernán König es un destacado arquitecto valdiviano cuyas obras podemos apreciar en la ciudad: el Instituto Alemán, la iglesia La Merced, la Biblioteca de la Universidad Austral de Chile  —obra por la cual fue distinguido con el Premio Bicentenario—, entre muchas otras, han dejado su huella en la materialidad de la ciudad de los ríos.

Siendo nonagenario, comienza a publicar su obra literaria, que arranca con Proschtata! un retrato humorístico y profundamente humano de una fauna de bebedores de los años 40 y 50, para continuar con La identidad ambigua, delicado friso de la composición criolla alemana de Valdivia y se cierra, momentáneamente a la fecha de esta edición, con El gran amor, relato “engañoso” sobre cinco tenorios valdivianos.

Esta nota recoge quintaesenciados algunos aspectos de su prosa y de su vocación por la ciudad.

Roberto Matamala Elorz

 

ONETTI Y SU “VALDIVIA”

Pocas novelas latinoamericanas me han impactado tanto como “El Astillero” de Juan Carlos Onetti.

Lo que en ella acontece – mucho más mental que objetivo – tiene por escenario dos lugares a orillas de un mismo río ¿En Uruguay? ¿En Argentina? Uno de estos: el poblacho que sólo tuvo un cierto auge mientras se construyó y funcionó allí el astillero. El otro: esa especie de capital provinciana “fundada” por Onetti, “Santa María”, epicentro de sus tramas literarias.

La novela es amarga, desolada. Todo sucede bajo los cielos encapotados de un invierno interminable. Hace años ya que quebró el astillero. Sin embargo, dos de sus otrora empleados –un administrativo y un técnico– continúan comportándose como si éste aún funcionara. La conducta de ellos me recuerda, de algún modo, la que yo adopté durante la crisis de los años 82 y 83 en Chile, período en que paralizada la construcción, no recibí más encargos.  Aun así, seguí yendo a mi oficina, a llenar el tiempo inventándome tareas inútiles o de muy incierta utilidad futura. Pero esta vivencia mía, aclaro de inmediato, sólo tuvo en común con la de dichos personajes onettianos, el haber sido gatillada por un paro forzoso. La enorme distancia entre ambas vivencias es la que media entre la aprensión ocasional de alguien que cuenta con redes de protección —el caso mío— y la angustia incesante de ellos que, sin recursos o vínculos salvadores, luego de buscar otros destinos, empecinados pero en vano, terminan aferrándose a la mera apariencia de sus antiguas labores. Onetti no aclara la razón última de esta extrañísima conducta ¿Creen ellos que posando de custodios del astillero, voluntarios, ad honorem, aseguran la continuidad de sus cargos para cuando este vuelva a operar?

¿Pero realmente consideran posible su reapertura, conociendo la magnitud del desastre que causó su quiebra? ¿Sabiendo además que otros astilleros activos en la misma “Santa María”?  Y la pregunta más perturbadora: ¿recurren ellos al remedo fanático de sus pasadas rutinas como a una cábala, o exorcismo, contra la desesperanza total, el pozo profundo, el vacío?

El hecho es que todavía, varios años después del cese del astillero, uno puede encontrarlos en sus oficinas de antes, ahora destartaladas, revisando contratos obsoletos o planos reblandecidos por la humedad. Si todavía subsisten, con gran estrechez, es porque de tanto en tanto consiguen vender, a escondidas, piezas de máquinas ya dañadas o elementos similares utilizables para otros fines.

El dueño del astillero, a su vez, aunque avejentado y achacoso —física y mentalmente— sujeto además a arraigo legal en “Santa María” debido a sus perennes juicios por deudas, sigue, no obstante, elucubrando fórmulas para resucitar su industria.

A Onetti y a otros autores, uruguayos o argentinos, los siento, como es natural, más cercanos al mundo chileno y, particularmente, a nuestro Sur. En su “Santa María” hay una fuerte colonia suiza-alemana. Uno de sus próceres, inmortalizado en el bronce, ostenta el apellido Brausen ¿Equivalente al Anwandter de nuestra “Santa María” (Santa María la Blanca de Valdivia)? El apellido del personaje principal, Larsen, también suena valdiviano.

No son pocas las concordancias explícitas o conjeturables, entre la ciudad, “fundada” por Onetti en los años 40 y la nuestra de aquel tiempo. En su arquitectura puedo imaginar esos rasgos centroeuropeos de fines del XIX y comienzos del XX, tal cual las viejas edificaciones de aquí, que resisten hasta nuestros días los embates del tiempo.

En cuanto a sus residentes, doy por sentada la primacía de la clase compuesta por los hispanocriollos —los no empobrecidos— y el sector más eminente de los “Mitteleuropäischen”. Estos últimos dominantes en lo económico. La etnia originaria, componente básico del pueblo, la percibo incorporándose ya, de a poco, a la clase media.

“Santa María”, ciudad fluvial como la nuestra, con muelles, grúas, remolcadores que jalan lanchones río abajo hacia el puerto del mar y otros tipos de embarcaciones, desde barcazas hasta buques de cabotaje. Una ciudad donde, por cierto, no podían faltar los astilleros.

Dada la atmosfera grisácea predominante en las obras  de Onetti, dudo que sus largos inviernos sean compensados alguna vez con primaveras esplendorosas. Como nuestras primaveras, que lo son a pesar de sus lluvias intermitentes. O… gracias a éstas.

En resumen, una ciudad melliza, que no gemela. A la Santa María de Onetti le falta el gen de la primavera.

Hernán Kónig
Valdivia, Chile.





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