La Escuela de Castellano de los años 60, entorno de Trilce

 

Juan Guido Burgos Sotomayor.
Acto de homenaje a los 50 años de la Revista TRILCE.
25.11.2014. Sala Paraninfo. Valdivia, Chile.

 

Saludo a los presentes con el ánimo de invitarlos a caer en la tentación de aprehender la insoportable levedad del tiempo, cosa que a varios les ha costado desgarraduras y a otros, cierta nostalgia de tiempos idos. A los primeros: mis respetos, a los otros, mi gesto de comprensión.

Hablaré de la Escuela de Castellano de los años sesenta hasta 1973, entorno natural de la Revista de Poesía Trilce y de su posterior trizadura. Anuncio que adopto una perspectiva personal, subjetiva, pero no antojadiza acerca de ese espacio de experiencia y es posible que todo lo que mencione o interprete solamente haya ocurrido en la Escuela de Castellano y no en el resto de la Universidad. Es un dato que hay que tener en cuenta.

 

1.

En aquel tiempo, los estudiantes creíamos que era necesario extender el ser hasta el límite de lo imposible. La Universidad se edificaba en un espacio de acentuada imaginación, propulsada por escolares y docentes —en su mayoría migrantes de otras ciudades y provincias— que aspiraban a hacer realidad, con aire nuevo, todas las ilusiones de la academia: estudio, sensibilidad y también, si se alcanzaba, un poco de conocimiento. El campus de la isla Teja, se prestaba para la imaginación desbordante. Un sitio selecto del bosque valdiviano, circundado por ríos silenciosos y cristalinos, un jardín botánico en ciernes que trasuntaba toda una teoría acerca de la naturaleza embellecida por la cultura, se complementaban para enmarcar una fantasía que se auto- alimentaba todos los días. La Isla fue llamada ínsula; el botero, rebautizado como Caronte; y, más de alguno pudo ver a Polifemo entre la niebla de las amanecidas lluviosas, agigantadas por el viento del norte de la isla.

La Universidad era un sitio de confluencia y de llegada, más exactamente de bienvenida: la imagen más concreta que se me ocurre es la de una estación central de trenes: llegaban los estudiantes del sur con sus chombas de lana cruda y sus zapatos lustrados, aparecían los normalistas sedientos de más cultura, se instalaban los jóvenes docentes venidos de la Universidad de Chile, se aproximaban los estudiantes de Temuco, un tanto más experimentados que nosotros. Los unos, a aprender y los otros a enseñar con rigor y exigencia. Era una música confusa de pitazos, de olor a brea y carbón con el inocultable ruido que podría producir la primera declinación de latín o el canto de la voz homérica. A medida que avanzábamos, caminando sobre los durmientes, notábamos que la ciudad nos miraba desde la otra orilla, estragada por un terremoto que la había dejado derruida, llena de desolación. Se habían caído las industrias, se había hundido la tierra, los cabezales de los puentes se habían desplazado de sus terraplenes y el agua había invadido los campos, haciendo partos de montes que hacían incomprensible que todavía se pudiera tener esperanza. Bien mirado, la Universidad era para Valdivia una esperanza de nueva aurora, una pequeña planta que crecía vigorosa en medio de la catástrofe telúrica más grande en la historia de la humanidad. Con el tiempo, esa planta ha crecido y hoy es una nueva fronda para Valdivia. Casi toda la ciudad tiene algún vínculo directo con ella.

En aquel tiempo, los estudiantes de la Escuela de Castellano no podíamos vislumbrar que se acercaba a la vuelta de los diez años venideros otro terremoto que afectaría las bases de la convivencia universitaria, la vida de muchos académicos y estudiantes y la permanencia de sus más distinguidos integrantes. Era un tren. Un tren negro que “pasó silbando, con todas las luces apagadas. ¿Un tren? ¡Por allí no podía pasar ningún tren a esas horas! Lo miramos aterrados. El fuego llameaba en la inmensa locomotora y las chispas se desparramaban en medio de la noche. Era algo espantoso. Lo conducía un maquinista pálido, inmóvil, con lentes oscuros y brazos cruzados, como petrificado, iluminado por las llamas”.

Por aquellos años, los 60, muchos de los estudiantes pertenecían a una nueva clase social que empezaba a tener acceso a las aulas universitarias. Era una segunda generación de las capas medias de los años 20. Seguramente, como consecuencia del aumento de esta demanda potencial es que por aquella época las dos principales universidades metropolitanas instalaron en provincias sedes, sub-sedes o institutos dependientes que extendían la cobertura de educación superior a contingentes de jóvenes egresados de los liceos de las provincias. Ya no era necesaria la migración a Santiago para estudiar en la universidad. El viaje de Neruda y su instalación en calle Maruri a comienzos del siglo pasado se replicó en escala de capital de provincia, con la misma casa de pensión, con libros, tertulias y trasnoches de estudiantes que querían extender su horizonte de experiencia más allá del campanario de su iglesia poblana. Un día, Valdés cuenta que Lara apareció en su pensión para felicitarlo por un premio obtenido: “Había arrendado una pieza pequeña en el viejo casco de la ciudad de lluvia cuando apareció Omar para felicitarme”. Muchos estudiantes llegaron a Valdivia por esos años a una Universidad nueva y con autonomía obtenida recientemente, después de un periodo de tutelaje de la Universidad de Chile.

La Universidad Austral olía a nuevo: sus jardines, el casino, la biblioteca, los funcionarios de admisión y matrícula, componían una sinfonía alegre y esperanzada para los más de setecientos alumnos que la conformaban. En la Escuela de Castellano, los profesores también eran jóvenes y provenían del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile elegidos entre sus mejores alumnos por el Decano Fundador don Eleazar Huerta, exiliado de la Guerra Civil española. Era un plantel de notables: Carlos Santander en Literatura Universal, Heinz Francke, en Latín y Griego, Guillermo Araya, en Lingüística General y Lingüística Romance, Gastón Gaínza en Gramática Sincrónica, Jaime Concha y Leonidas Morales en Literatura Hispanoamericana y Literatura Chilena. Después se sumaría Grínor Rojo. En Literatura Española, Eugenio Matus. En Didáctica General y Didáctica Especial del Castellano, el queridísimo y entrañable Mario Cerda Cuitiño, docente formado en la propia Universidad Austral. Se sumaba a este grupo, Ricardo Küpfer, en Sicología General y Manuel Vallejo, en Filosofía.

Una inteligente dirección académica dispuesta por el  joven Rector Martínez Bonati dispuso que se dictaran ramos humanísticos para todas las Facultades de la Universidad, de modo que, en la sala del Cine Club, se juntaban los estudiantes de las escuelas de Agronomía, Veterinaria y Forestal con los estudiantes de Pedagogía en un arco de audición que implicaba reflexión filosófica, audición de temas culturales y sociológicos y el conocimiento personal entre estudiantes de distintas facultades, en un mismo espacio de enunciación. Además de otras disputas, como ganar el favor y simpatía de las compañeras estudiantes. Era una pelea muy seria.

La Universidad se preocupaba de la formación humanística de todos sus estudiantes. Debido a este contacto directo, se favorecieron las elecciones de la Federación de Estudiantes y la de los centros de alumnos por cada escuela. Recuerdo que la Democracia Cristiana —muy fuerte por el entusiasmo de la Patria Joven y la abrumadora votación que había obtenido Frei Montalva— ganaba todas las elecciones. Varias veces el elegido era el estudiante de Veterinaria Carlos Amtmann. Menciono el hecho porque este Presidente estudiantil mantuvo relaciones muy fluidas con los estudiantes de Castellano y favoreció con iniciativas y financiamiento todas las actividades de extensión que el Centro de Alumnos respectivo y el Grupo Trilce organizaron en aquellos años.

Las clases se impartían en salas de pabellones de construcción liviana y provisoria, en su época, y que a nosotros nos parecían amplias y acogedoras.  Los estudios de lingüística y literatura habían ingresado a una perspectiva científica con los estudios de Ingarden acerca de la autonomía de la obra literaria y su análisis de tendencia fenomenológica. Se habían abandonado los estudios de corte impresionista en la crítica y se acentuaba el rigor de la estilística. En lingüística, los estudios post-positivistas derivaron hacia la lingüística estructural y se desarrollaba en la Facultad una portentosa obra de investigación —dirigida por Guillermo Araya— sobre geografía lingüística, que debía conducir —sin prisa pero sin pausa— a que a fines de 1970 se pudiera publicar el ALESUCH, que iba a ser el primer atlas de una región americana de habla española. El carácter extensivo de estos estudios posibilitó que la docencia y los estudiantes se involucraran desde muy temprano en el método científico, como lo comprueban las tesis de titulación de los estudiantes de aquella década. Wagner, Contreras y Bernales ayudaban en el trabajo de campo.

El Rector Martínez Bonati, en la década de 1960, formuló su primera teoría estética sobre la obra literaria, que volcó en el libro La estructura de la obra literaria. Su teoría dialogaba activamente con el discurso estructuralista de los años cincuenta, por cuanto concedía gran importancia a las aportaciones de la lingüística.

Los estudios de literatura chilena e hispanoamericana transitaban desde la generación del 50 a la de los consagrados Neruda, Huidobro y Mistral. Una nueva sensibilidad, a la cual la Escuela de Castellano prestaba mucha atención, se estaba gestando. Se trataba de la generación de escritores de 1960, que fue testigo de profundas transformaciones políticas y culturales: la revolución cubana de 1959, el avance del movimiento hippie y los sucesos estudiantiles de mayo de 1968 en París, provocaron no sólo la caída de los discursos oficiales sino que motivaron la instalación de renovados referentes. Marcados por estos importantes hitos, dicha promoción buscó para sí misma una nueva identidad, llegando a consolidarse, como se explicó, "a puro instinto, sin contextualidad, soportes o lecturas plurales, absorbiendo oxígeno puro y toda la historia que se empezaba a escribir, como ese millón de libros en seis meses de Quimantú".

Consistentes lecturas de escritores extranjeros, especialmente norteamericanos y narradores del boom literario latinoamericano, no sólo posibilitaron la concreción inmediata de proyectos de estudio en la Facultad de Filosofía y Letras, sino también las lecturas personales de los estudiantes de aquella época, las que, en cuanto a influencias y perspectivas, eran el resultado abigarrado de búsquedas, datos y recados de todo tipo. En mi curso, por ejemplo, competíamos en encontrar otra manera de leer Rayuela, al margen de su sugerente tablero de dirección. La revista Estudios Filológicos, con sus sesiones de lectura y crítica en las mañanas de los días sábado —a la que podíamos asistir como oyentes los alumnos— fue el punto de convergencia de este grupo de escolares y docentes. Las lecturas de trabajos de los profesores de la Facultad y de otros invitados de Santiago o Concepción concitaban el interés de todos nosotros, por la novedad de su enfoque o por la honesta y rigurosa crítica a que eran sometidos. Era una enseñanza refleja, que el ambiente de la Facultad de aquella época sembraba en sus estudiantes. Aprendices y diletantes ingenuos, como era natural.

 Dejando atrás la visión literaria de la Generación de 1950, estos escritores se nutrieron de nuevas fuentes y emprendieron rumbo hacia la búsqueda de temas distintos, que reflejaran la preocupación tanto por el lenguaje y las técnicas textuales, como por la situación colectiva del país y del mundo.

La generación de 1960 fue apoyada por una prolífica industria editorial, que fue desarrollándose paulatinamente, hasta que a partir de 1971 presentó un auspicioso despegue. Sellos tales como Universitaria y Nascimento, motivaron la creación de colecciones que difundieron la narrativa chilena y latinoamericana. Y, por supuesto, estuvo Quimantú, que consiguió romper el rígido circuito de ventas de librerías, lanzando tiradas de 30 mil a 50 mil ejemplares.

Si bien los narradores de esta promoción marcaron un hito importante, no debe desmerecerse la actuación sobresaliente de autores de otras generaciones en esta década.

La dicha promoción fue estrechando sus lazos gracias a las diversas iniciativas culturales que surgieron desde principios de la década: la fundación de revistas, la formación de grupos literarios y las innumerables actividades realizadas en conjunto con poetas y universidades.

Dentro de este contexto nacional, la revista Trilce fue uno de las manifestaciones más importantes del colectivo que lleva su nombre, funcionó en Valdivia, durante los años sesenta, al alero de la Universidad Austral, donde fue fundada y dirigida por el poeta Omar Lara. Además de la revista, cabe destacar los encuentros de poetas realizados en la Universidad, sobre todo el de 1964, donde fueron invitados los más representativos poetas de la Generación Literaria de 1950. Otros integrantes del colectivo Trilce fueron Luis Oyarzún, Walter Hoefler, Juan Epple, Enrique Valdés y Federico Schopf. Respecto a su surgimiento y duración, su director, Omar Lara, recuerda en una entrevista que le hace Soledad Bianchi para su libro La Memoria, modelo para armar: "Podría decirse que Trilce nace, informalmente en 1963 y formalmente en 1964, y su existencia se prolonga hasta 1973. Cabe destacar que, durante la década del sesenta, la poesía hegemónica de la época se agrupaba en torno a colectivos que, por lo general, editaban sus respectivas revistas, como Arúspice de la Universidad de Concepción y Tebaida, de la Universidad del Norte, en Arica.

 También había desarrollos espontáneos de actividades extra-programáticas, como las sesiones de lectura de obras de teatro o de novelas, o los ciclos de cine —foros programados por el Cine Club, de formación casi simultánea con aquella universidad que ya cumplía diez años de vida. Hay que comprender que el clima y contexto escolar de la academia de ese tiempo estaba presidido por un sentimiento de cercanía y de confianza respetuosa entre docentes y estudiantes. Un claro ejemplo eran las tardes de beibi-fútbol de los días sábado, que el Decano Araya —ex titular del equipo de la Universidad de Chile— organizaba y para lo cual me encomendó que consiguiera un horario en el gimnasio de la Escuela Normal. Eran tardes de amistad. Aunque no muy amigables a veces cuando el equipo del Decano iba perdiendo. En una ocasión, cuando esa era la circunstancia, me dijo: “Mire, Guido, no se trata solamente de meter goles”. Al escuchar este sentido reproche, los circunstantes guardamos la carcajada para el vestuario en los camarines. Había que tener respeto por el Decano.

 Ninguno de los integrantes del Grupo Trilce participaba de esas tardes de fútbol.

2.

Pero, había preocupaciones mayores: el mundo contemporáneo se había convertido en la aldea global de Mc Luhan y citando al Cardenal Silva Henríquez: ”Muy pronto se vio que 1968 sería un  largo momento crítico para todos, uno de esos períodos cortos y fulgurantes en que la humanidad parece estremecerse entera, como si en cada rincón del mundo hubiese un acuerdo para agitar todos los más arduos conflictos. Fue un año de exaltación y locura como hubo pocos en el siglo XX y no hubo sobre el planeta conciencia que no se sintiese tocada por la efervescencia y el asombro de aquellos días. En los lejanos arrozales del sudeste asiático, la guerra de Vietnam sufrió en enero el impacto de una embestida total de los ejércitos comunistas, la llamada ofensiva del Tet, lanzada en medio del año nuevo en esa nación. Cuatro meses después Francia y el poderoso general Charles de Gaulle fueron puestos al borde del colapso por una rebelión estudiantil que vino a estallar en medio del Quartier Latin de París. Berlín, Roma, Madrid y otras capitales fueron sacudidas al unísono por universitarios sedientos de reformas, que proclamaban indistintamente la libertad de la enseñanza o el rechazo a la intervención norteamericana en Vietnam. De abril a julio, la nación más poderosa de la tierra, Estados Unidos, fue estremecida por dos inmensos crímenes políticos; los del pastor Martin Luther King y el senador Robert Kennedy. En agosto, otra superpotencia, la URSS, secundada por sus aliados del este europeo, envió tanques a sofocar la rebelión democrática de estudiantes, trabajadores e intelectuales de Checoslovaquia, muchos de los cuales se lanzaron al martirio enfrentando la invasión. En China, los estragos de la revolución cultural afligieron todos los espacios de las libertades individuales”.

En Chile, el panorama mundial se hizo cada vez más cercano y los sucesos tuvieron una rápida asimilación dentro de los universitarios valdivianos. Los ejes de discusión se planteaban, inicialmente, en torno de la necesidad de ampliar el concepto de misión  de la universidad para ponerlo en sintonía  con las reformas políticas que, a consecuencia de las nuevas demandas del campesinado, de los obreros y de los migrantes del campo a la ciudad,  presionaban al gobierno de Frei Montalva quien las había recogido en su programa de la Revolución en Libertad.  Este enunciado expresaba de un modo especial de re-significación semántica, la antagónica revolución cubana cuyo ejemplo se vitalizaba por todo el continente. En Chile hubo, por ejemplo, la chilenización del cobre, con un modelo intermedio de propiedad, que expresaba una re-articulación del sistema capitalista ante las demandas de recuperación de las riquezas básicas en manos de capitales extranjeros. Las demandas de mejores salarios, de acceso a la propiedad de bienes, de salud y de educación era un reclamo de las masas de pobres en todos los países del continente. Estados Unidos había reaccionado, ante la Revolución Cubana de 1959 con su programa de la Alianza para el Progreso. A fin de evitar que el resto de América Latina siguiera el ejemplo de la revolución cubana, John F. Kennedy propuso en 1961 un programa de ayuda económica y social para la región. Denominado, como dijimos, Alianza para el Progreso, éste se propuso mejorar las condiciones sanitarias, ampliar el acceso a la educación y la vivienda, controlar la inflación e incrementar la productividad agrícola mediante la reforma agraria. En cumplimiento de este programa, que duró hasta 1970, el gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez inició una tímida reforma agraria que, debido a sus cortos alcances, fue conocida como la "reforma del macetero". La redistribución de tierras recibió un notable impulso durante el gobierno de Eduardo Frei, mediante la nueva Ley de Reforma Agraria. El interés de EEUU era combinar la Alianza para el Progreso, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y los Cuerpos de Paz, para desplegarlos por América Latina en contraposición a la revolución en Cuba.

En nuestra Universidad, el Cuerpo de Paz apareció como una muestra de la diversidad del ambiente universitario: se trataba de jóvenes, un tanto mayores que nosotros, gringos todos, que hablaban un castellano aceptable y que desempeñaban labores de ayudantías o de docencia menor en varias de las escuelas de la universidad. Eran talentos diversos que bien estaban en un laboratorio, en el conservatorio como músicos intérpretes, en oficinas de gestión administrativa, en las escuelas que demandaban de traductores al inglés o en grupos de desarrollo comunitario.

Desplegaban métodos nuevos y muy sutiles, inspirando confianza con su actitud "espontánea y desinteresada". La resistencia interna que despertaba entre los universitarios el Cuerpo de Paz, parecía estar limitada principalmente por la oleada dulzona que levantaban los voluntarios con sus actividades. Dirigentes universitarios declaraban que el mayor escollo en su lucha contra la influencia norteamericana, era la "simpatía que despierta la labor del Cuerpo de Paz entre estudiantes desinformados políticamente". Pero la principal cuestión radicaba en la naturaleza de su trabajo voluntario.  Hubo varias denuncias de universitarios de Valdivia de que la sede del Cuerpo de Paz en la provincia funcionaba en el interior de la Universidad Austral. Al parecer, a los norteamericanos les interesaba principalmente el trabajo universitario y el estado del movimiento estudiantil como fuerza social y política. Estas investigaciones se dirigían en forma especial a las huelgas universitarias y la influencia del alumnado en la dirección universitaria. Una encuesta interceptada por "Cuadernos Universitarios" revela que tenían un conocimiento detallado del desarrollo del movimiento estudiantil en los últimos años, con un recuento de todas las huelgas realizadas en 1965. 

El segundo componente de preocupación era la Reforma Universitaria.

Para entender el proceso de reforma de las instituciones de educación superior chilena en la segunda mitad de la década de 1960, debemos tener en cuenta que éste tuvo lugar dentro de un contexto mundial en el que todo estaba cambiando, donde los valores, principios y fundamentos materiales de la civilización occidental estaban siendo fuertemente cuestionados. Todo ello con el objetivo de alcanzar la justicia social, profundizar la libertad de los hombres y, en definitiva, alcanzar la felicidad de la especie humana, algo muy parecido a los ideales de la Revolución Francesa.

Las universidades chilenas —con distingos bastante marcados— no permanecieron indiferentes ante el fenómeno planetario y, lideradas especialmente por los estudiantes, pretendieron emerger como la vanguardia de los cambios, postura que ganaba legitimidad si se considera que el país estaba siendo gobernado por un partido que se proponía impulsar una “revolución en libertad”. Los postulados de la reforma universitaria eran fundamentalmente dos:

1. Universidad para todos, es decir, la universidad debía estar abierta al pueblo, tanto en disponer de capacidad para acoger a todos los que tuvieran condiciones para cursar estudios superiores, sin importar su situación socioeconómica, como en su quehacer académico, que debía contemplar las necesidades de las clases más desposeídas. En el fondo, se pensaba que, al aumentar la matrícula de estudiantes universitarios y técnicos, tendría que elevarse el nivel cultural del pueblo chileno.

2. Co-gobierno o la participación de todos los estamentos en la elección de las autoridades de los planteles de educación superior. Estas demandas fueron emprendidas por todas las universidades chilenas, claro que cada una con distintas características, debido a sus especiales particularidades.

En el caso de la Universidad Austral de Chile, el proceso de reforma fue mediado por el interés de la rectoría de la época y por la ausencia de masa crítica interna entre los tres estamentos que deberían tener participación en dicho proceso. Con niveles de desarrollo dispares en cada una de la Facultades, la agenda de la reforma venía formateada desde Santiago por el innegable valor de la experiencia de las universidades metropolitanas, pero, además, por las determinaciones de intereses o temores locales frente al cambio. La Reforma se empantanó en discusiones extenuantes acerca de los asuntos formales, tales como la ponderación de los votos de los estamentos y de la estructura que debería tener el futuro gobierno universitario. No se lograron pasos sustantivos en el desarrollo de la disputa reflexiva que este proceso suponía.  Sobre todo, acerca del primer punto, que se refería a una universidad abierta a la comunidad, una academia extra-vertida y no encapsulada en los límites de la Isla Teja. Se hablaba de un modo hiperbólico, a mi parecer, de la torre de marfil.

 

 Como ejemplo de las relaciones internas de la asamblea de la reforma universitaria en Valdivia, se habló por varios días acerca  de una oposición casi pueril de un Decano  que pidió —en la sesión de la Comisión de Reforma, a altas horas de la noche— que no le dieran la palabra al Decano Araya… porque los podía convencer (¡). El resultado es que fue elegido Rector, con el proceso (o seudo proceso) reformado, el mismo que ya era titular en la Universidad.

A modo de consideración rememorativa, pensamos que el fenómeno conocido como reforma universitaria se enmarcó dentro de un contexto en el que la sociedad chilena se debatía ante la inminencia de profundas transformaciones, necesarias y justas, pero difíciles de poner en práctica, porque había que crear todo de nuevo y porque los cambios afectarían a personas, grupos de poder, intereses, costumbres, tradiciones y creencias.

Por eso, no es de extrañar que el conflicto se haya radicalizado y politizado, excediendo el ámbito universitario y los postulados iniciales de la reforma, ya que al parecer este es un momento de inflexión en nuestra historia, a partir del cual la política chilena cae en una dinámica de confrontación e imposibilidad de alcanzar acuerdos, para terminar en el colapso del sistema democrático.

La motivación política de la reforma universitaria queda demostrada por el hecho de que, en casi todos los casos, los logros del movimiento se limitaron a las demandas de cogobierno y redistribución de cuotas de poder entre los actores académicos y estudiantiles, pero también políticos; siendo la Universidad Católica la única excepción, ya que bajo la conducción de Fernando Castillo Velasco logró plasmar en obras concretas el ideal de “Universidad para Todos”.

3. Compromiso y autenticidad.

Todos sabemos que los estudiantes no eran sólo estudiantes. El propio desarrollo de las materias impartidas más las noticias del entorno político nacional y mundial conformaban un horizonte de experiencia abigarrado, de incitaciones a la curiosidad política, con un marcado compromiso ético. No sólo era una derivación práctica —proveniente de la especulación humanística al estilo de la importancia de atender los imperativos prácticos de la realidad social chilena e hispanoamericana— sino una demanda de justicia social ante el marcado desequilibrio entre quienes detentaban la riqueza y los millones de seres humanos que vivían en la pobreza y la miseria. Se imponía buscar, en esos años por parte de los estudiantes, una toma de posición ante lo obvio.

Esta toma de posición se llamó compromiso ante el entorno y la congruencia entre lo que se dice y se hace se llamó autenticidad.

Era notorio que en los años sesenta había focos de interés nuevos: la libertad en las relaciones sexuales —posibilitada por el uso de las pastillas anticonceptivas— puso tensión entre los jóvenes conservadores y liberales y la discusión entre teoría y práctica se hacía en torno de una decisión más inmediata de coherencia entre lo que se creía y lo que se podía. Sin duda, esto fue una marca generacional. Otro foco de tensión era la diferencia entre la revolución en libertad y la revolución cubana. El alineamiento entre izquierda y democracia cristiana no era tan tajante y hubo muchos estudiantes que pasaron de un lado a otro como en un sistema de vasos comunicantes, que se abría ante definiciones de la contingencia que el propio proceso de la vía chilena al socialismo planteaba semana a semana. Se vivía, y qué duda cabe, un proceso de aceleración de la historia. Muchos de nosotros estábamos confundidos y sólo atinábamos a tomar posiciones parciales y hasta ingrávidas acerca del imperialismo yanqui que se traducían en lemas pueriles como el de prohibirnos hablar en inglés porque no era revolucionario hablar el idioma del invasor…

Otro caso de suspicacia aldeana —hablo de la escuela de Castellano de la Universidad, en Valdivia – era la diferencia entre política y academia. Pasó mucho tiempo en que este sofisma -expresado de la manera más flagrante— ponía un cerrojo entre ambas esferas y se acusaba constantemente de politizar la universidad cada vez que los estudiantes más conscientes de la realidad daban noticia de las contradicciones entre discurso y acción. Sin embargo, no tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que esta falacia favorecía a la derecha confinando a la universidad a su torre de marfil –una metáfora de la época – y al inmovilismo. La academia, impoluta, aceptaba solamente el gatopardismo.

En consecuencia, en el espacio cultural de la Escuela de Castellano, se empezó a hablar de desmitificación o sea: la acción de desenmascaramiento de la ideología y sus sofismas propiciando una suerte de segunda lectura de los mensajes transmitidos por los medios de comunicación y los personajes del medio político dominante. En esa época fue que los estudiantes de la Universidad Católica desplegaron un lienzo que decía “El Mercurio miente”. Los estudios de los sociólogos belgas André y Michel Mattelart contribuyeron a descubrir el sub-texto de los mensajes y sus trabajos en el Centro de Estudios de la Realidad Nacional, en la Universidad Católica, propiciaron desarrollos tan lúcidos como los trabajos de Ariel Dorfman sobre la literatura de masas o sub-literatura, como se llamaba en la época.

El paso siguiente en el horizonte de expectativas de los estudiantes de aquel tiempo fue la concientización popular es decir: la liberación de las fuerzas espirituales encerradas en ellas, las masas. Sólo así era posible realizar la tarea de desmitificación y devolver una conciencia libre que sea ácido disolvente de los espectros del pasado y de las concepciones heredadas de una sociedad cuyas clases dominantes se propusieron, por encima de todo, que el pueblo tuviera una idea extraña o ajena acerca de su realización histórica, desconocedora de su fuerza y de su misión.

La perentoria ampliación del concepto de universidad abierta a los cambios y a las demandas de su entorno tuvo un desarrollo particular con la presencia de estudiantes militantes del MIR. A ellos les parecía que la lucha electoral en el seno de la Federación o en los Centros de Alumnos era un ejercicio versallesco de alternancia, dado que favorecía la estructura de los partidos tradicionales en su afán de tener militantes universitarios. Y era un ejercicio conocido, sin sorpresas ni avances para la política verdadera.

Esta voluntad, como era natural, no era uniforme entre los estudiantes y los profesores de la Escuela de Castellano de los años 60. Hubo matices y estratos de desmitificación según sean los estímulos que se procesaban de manera variada. Había también mucha pose. Cierta pedantería revolucionaria que era criticada de un modo feroz con mutuas acusaciones sobre la necesidad de ser consecuentes. Se hablaba de la revo como una categoría de circulación cotidiana. Había mucha lectura y mucha conversación. La praxis revolucionaria la ejecutaron los militantes del MIR y por eso fueron considerados como personajes raros y no muy asimilados a la Arcadia de los estudiantes alegres y nocherniegos. Es como si se planteara otra vez el dilema que el Quijote hubo de entender cuando se enfrentó a Ginés de Pasamonte…

Compromiso y autenticidad, ser consecuentes, eran las categorías de la ética cotidiana por esos años. A varios de ellos se les fue la vida en ese andar, como fue el caso de mi amigo René Barrientos Warner, dirigente del MIR. Fueron años de mucha discusión, de dialéctica cortesana a veces y esta acción rodeaba como arco exterior los límites siempre imprecisos de una universidad —real o imaginaria— que por ese entonces sólo tenía diez años de vida.

Después vendría el golpe militar y su oscuro silencio, que dejó a Fonseca triste y sola con los libros empeñados en el Monte de Piedad. Tengo la impresión de que muchos de esos libros todavía no han vuelto.

Para terminar, repito un párrafo del comienzo de esta historia, que incluye una visión de Lagerkvist. En aquel tiempo, los estudiantes de la Escuela de Castellano no podíamos vislumbrar que se acercaba a la vuelta de los diez años venideros otro terremoto que afectaría las bases de la convivencia universitaria, la vida de muchos académicos y estudiantes y la presencia de sus más distinguidos integrantes:

Era un tren. Un tren negro que ´pasó silbando’, con todas las luces apagadas. ¿Un tren? ¡Por allí no podía pasar ningún tren a esas horas! Lo miramos aterrados. El fuego llameaba en la inmensa locomotora y las chispas se desparramaban en medio de la noche. Era algo espantoso. Lo conducía un maquinista pálido, inmóvil, con lentes oscuros y brazos cruzados, como petrificado, iluminado por las llamas.

Fin.





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